_ ¡Hola! ¿Qué queréis tomar?
_ ¡Hola! Una Coca-cola, por favor.
_ Yo quiero una cerveza. Gracias -pide Julia.
Ana abre su bolso y saca un paquete de tabaco; revuelve, no encuentra el mechero.
_ Disculpa -el camarero, algo turbado, se dirige a ella- pero aquí no se puede fumar.
_ ¡Ah! Vaya, no me acordaba. Bueno, ahora, cuando me pongas la Coca-cola salgo a la calle.
_ Es que también está prohibido sacar las copas fuera del local.
_ Ummm no es un copa, pero bueno, ¿me la guardas mientras tanto?
_ Lo intentaré, pero no te lo garantizo. Aunque no hay mucha gente, estoy solo en la barra…
_ Ve tú, Ana -le dice Julia- te espero tranquilamente, ya saldré yo después.
_ No te preocupes muñeca yo te la cuido -una risotada áspera y desagradable inunda el local casi vacío todavía- y también a ti, y a tu amiguita, si es necesario.
Ana gira la cabeza hacia el dueño de esa voz pastosa, ronca. Se topa con la mirada vidriosa de un tipo seboso y de aspecto desaliñado que se arrastra por la barra medio inconsciente. Las greñas revueltas y sucias se le pegan al rostro confundidas con una barba igual de mugrienta. Prefiere ignorarlo, nerviosa sigue revolviendo en su bolso hasta que encuentra el mechero. Cuando se dispone a salir siente una mano pringosa aferrando su brazo con firmeza y el aliento caliente y hediondo del mismo sujeto.
_ ¡Suéltame, me haces daño!
El individuo se arrima aún más y agarra su cintura al tiempo que grita afónico:
_¡Chaval, ponme otro qüisqui! ¡Y lo que quiera esta preciosidad…!
Ana intenta desasirse de las manos que le atenazan, no puede, es muy corpulento. Julia acude a ayudar a su amiga, empuja al tipejo que se tambalea y, al fin, se desparrama contra una mesa. Ana sale corriendo mientras Julia, indignada, asustada y confusa, recoge los abrigos dispuesta a marcharse de inmediato no vaya a ser que el borracho se recomponga. Antes de salir se vuelve hacia el camarero:
_ Joder, ¿no lo has visto?, está ebrio perdido, ha insultado y violentado a mi amiga cuando se iba a fumar un pitillo en la calle; sin embargo a este cerdo le vas a poner otra copa . Dime cuánto te debo; nosotras nos largamos de aquí ahora mismo.
_ Ya sé que no es justo, pero no puedo impedirlo: es mayor de edad, paga y aunque no pueda ni articular palabra, yo tengo que servirle. Lo siento, de veras.
Reina, 2 de enero de 2011