Nunca nos dejan en paz.

Quote

—El pueblo llano, cuando reza, pide lluvia, hijos sanos y un verano que no acabe jamás —replicó Ser Jorah—. A ellos no les importa que los grandes señores jueguen a su juego de tronos, mientras los dejen en paz. —Se encogió de hombros—. Pero nunca los dejan en paz.

Juego de Tronos.
George R.R. Martin

Vértigo

Tras subir varios pisos de sosiego, Isabel se quedó sin aliento. La calma atenaza su garganta, aprieta más y más. Azulada su piel, entrecortada su respiración no consigue desasirse de tan tozuda serenidad. Casi a punto de perder la vida al fin logra alcanzar el vértigo y, disuelta en la carne de lo prohibido, recupera la ansiada turbación.

Reina, 21 de abril de 2011

Vértigo: Trastorno del sentido del equilibrio caracterizado por una sensación de movimiento rotatorio del cuerpo o de los objetos que lo rodean.

Un día cualquiera

_ ¡Hola! ¿Qué queréis tomar?

_ ¡Hola! Una Coca-cola, por favor.

_ Yo quiero una cerveza. Gracias -pide Julia.

Ana abre su bolso y saca un paquete de tabaco; revuelve, no encuentra el mechero.

_ Disculpa  -el camarero, algo turbado, se dirige a ella- pero aquí no se puede fumar.

_ ¡Ah! Vaya, no me acordaba. Bueno, ahora, cuando me pongas la Coca-cola salgo a la calle.

_ Es que también está prohibido sacar las copas fuera del local.

_ Ummm no es un copa, pero bueno, ¿me la guardas mientras tanto?

_ Lo intentaré, pero no te lo garantizo. Aunque no hay mucha gente, estoy solo en la barra…

_ Ve tú, Ana -le dice Julia- te espero tranquilamente, ya saldré yo después.

_ No te preocupes muñeca yo te la cuido -una risotada áspera y desagradable inunda el local casi vacío todavía- y también a ti,  y a tu amiguita, si es necesario.

Ana gira la cabeza hacia el dueño de esa voz pastosa, ronca. Se topa con la mirada vidriosa de un tipo seboso y de aspecto desaliñado que se arrastra por la barra medio inconsciente. Las greñas revueltas y sucias  se le pegan al rostro confundidas con una barba igual de mugrienta. Prefiere ignorarlo, nerviosa sigue revolviendo en su bolso hasta que encuentra el mechero. Cuando se dispone a salir siente una mano pringosa aferrando su brazo con firmeza y el aliento caliente y hediondo del mismo sujeto.

_ ¡Suéltame, me haces daño!

El individuo se arrima aún más y agarra su cintura al tiempo que grita afónico:

_¡Chaval, ponme otro qüisqui! ¡Y lo que quiera esta preciosidad…!

Ana intenta desasirse de las manos que le atenazan, no puede, es muy corpulento. Julia acude a ayudar a su amiga, empuja al tipejo que se tambalea y, al fin, se desparrama contra una mesa. Ana sale corriendo mientras Julia, indignada, asustada y confusa, recoge los abrigos dispuesta a marcharse de inmediato no vaya a ser que el borracho se recomponga. Antes de salir se vuelve hacia el camarero:

_ Joder, ¿no lo has visto?, está ebrio perdido, ha insultado y violentado a mi amiga cuando se iba a fumar un pitillo en la calle; sin embargo a este cerdo le vas a poner otra copa . Dime cuánto te debo; nosotras nos largamos de aquí ahora mismo.

_ Ya sé que no es justo, pero no puedo impedirlo: es mayor de edad, paga y aunque no pueda ni articular palabra, yo tengo que servirle. Lo siento, de veras.

Reina, 2 de enero de 2011