No, no lo querías ver. Tal vez ni siquiera podías; la venda era demasiado tupida y cada vez apretaba más. Tus amigas -esas que te llenaban la cabeza de pájaros- no le gustaban. Son unas golfas -te decía- andan siempre por ahí, provocando; un día van a tener un disgusto. También le molestaba tu madre. No entiendo qué tienes que hablar tanto con ella -se burlaba cuando sonaba el teléfono-, eres como una niña pequeña y estúpida pegada a su mamá. Y tu padre. Y tus hermanos…Y los niños, los niños también le molestaban, le sacaban de quicio porque les hacías “demasiado caso”. ¡Los vas a volver tan imbéciles como tú – chillaba- unos inútiles!
¡Pero eso sucedió hace ya tanto tiempo!
Cuando todavía tenías amigas -amigos ni de broma, claro. Y no es que ahora no las tengas, no. Ellas siguen ahí, siguen viéndose a menudo a pesar de sus trabajos y sus niños y sus maridos… Y te ven pasar siempre corriendo, sin pararte un segundo siquiera, no vaya a ser que ese fiera se entere. Y te echan de menos, pero prefieres no hablar y seguir escondida detrás de unas gafas de sol -incluso cuando llueve- y no mirarlas a los ojos porque ya no sabes cómo se hace. ¡Claro que no es culpa tuya!, ¿cómo se te ocurre semejante disparate? Tú sólo tienes miedo, mucho, muchísimo. Y es lógico porque los insultos duelen y las humillaciones y los golpes… Además están los niños… Ya… Te da pánico mirar a la niña -que ya no lo es tanto- y comprobar que cada día se parece más a ti, sobre todo cuando cuando agacha la cabeza y no se atreve a levantar la vista del suelo. Y el niño… Él sí se atreve a desafiar a su padre; te da pánico descubrir la rabia de su mirada cuando lo ve llegar pegando voces y exigiendo… Y el otro día fue peor porque se enfrentó a él. Sí, fue horrible porque le llamó cobarde y le paró el golpe porque el niño -que ya no lo es tanto- no se amilana y está dispuesto a defenderte por encima de todo, porque cada día está más harto y más alto y más fuerte…
Tú no lo sabes porque las lágrimas y el temor te lo impiden, pero no estás sola. Aunque él te haya aislado y amarrado, fuera hay personas que te pueden ayudar a romper las cadenas. Fuera hay una vida -otra- que te está esperando. A ellos también.

