La calle del Espejo.

Madrid

Pensando en poesía y en estirar las piernas, Natasha se asoma al pequeño balcón y se apoya en la baranda de forja para contemplar el maravilloso atardecer del verano en Madrid. Un mar de tejados rojizos y negros se dibujan sobre un cielo que poco a poco se difumina, cediendo su azul a los tonos anaranjados de un sol ya casi exhausto tras la batalla librada durante todo el día; un sol rebelde y persistente que, muy a su pesar, se rinde ante la suave penumbra de la noche retirándose lentamente. Al fondo, se alza la cúpula de la Capilla Real con su reluciente esfera dorada aún reflejando los últimos coletazos de ese sol tozudo que se resiste a marchar sin antes pronunciar la última palabra. Su vista apenas alcanza a percibir el asfalto gris recalentado por el tráfico incesante y el asfixiante mes julio madrileño. Ni falta que le hace; le basta el rumor de los motores y la bocina de algún que otro conductor impaciente por salir como una exhalación del recién estrenado semáforo en verde para detenerse en el siguiente, unos trescientos metros más allá. Se ríe en alto, ¡siempre le ha parecido tan ridícula esa actitud!

Cuatro siestas. III-Invierno.

Las calles blancas y frías  imponen la ley del silencio, un silencio que sólo el silbido de un viento gélido se atreve a romper. El mismo que golpea las contraventanas aún abiertas para permitir que la habitación se ilumine con los últimos suspiros de esa pálida luz invernal. Fuera empieza a nevar.

Cuatro siestas. II- Otoño.

 

Cae la tarde plomiza y gris. Demoledora, la incesante lluvia impone su luz mortecina; todo cede ante su inquietante cadencia, silenciosa, implacable. El asfalto de las calles vacías se funde con un cielo tan sombrío y amenazador que nadie se atreve a perturbar.

Cuatro siestas. I-Verano.

La calma y el bochorno han tomado la tarde; nada rompe el silencio salvo el monótono canto de las cigarras, las únicas que osan desafiar al sofocante verano. Nadie más se atreve a poner un pie en la calle.

Mientras, en el interior de la silenciosa habitación un antiguo ventilador suspendido del techo balancea sus aspas con parsimonia agitando con pesadez el aire y las cortinas cerradas que regalan al sol un pequeño resquicio por donde colarse sin permiso y atisbar, descarado, el bello cuerpo de una mujer que dormita en su cama.