
Egipto, mi pasión, el país siempre soñado, el lugar donde los días se mecen al compás de las aguas del Nilo…, río arriba: Alejandría. La ciudad donde todo ocurre, la ciudad donde todo puede suceder. El olor, el sabor, el sol, las noches eternamente cálidas, la luz, la magia…
Egipto, siglo III, decadencia de los imperios romano y persa. La protagonista, una misteriosa mujer bellísima y sensual; dos hombres, Ahram – poderoso comerciante, amante del mar – y Krito -filósofo profundo, sensible, culto.
La labor de documentación llevada a cabo por José Luís Sampedro es impresionante, las referencias históricas precisas y constantes. La novela es, sobre todo, una historia de amor, pasiones desgarradas, erotismo y sensibilidad. El lenguaje vibrante, estremecedor.
“Si nunca despertaste en sobresalto
febril, precipitándote hacia el lado
vacío de tu lecho, tanteándolo
con manos que se obstinan vanamente
contra implacable ausencia.
Si no sentiste entonces la muerte
desgarrándote en vida y agrandando
el vacío en tus venas inflamado
el vano apartamiento de tus muslos,
el ansia de tu sexo.
Si no rompió tu voz ese gemido
que acuchilla la tierna madrugada…
es que en tu corazón no ardía la hoguera
que llamamos amor.
En ella me consumo y es mi grito
tu nombre: a ti me abro en carne viva.
Mi piel muere en espera de la tuya,
mi sexo late con ansiosa boca
de pez en la agonía.
Y al no llegar tus labios con su bálsamo,
ni el fuego sosegante de tu lengua
mi mano se fatiga inútilmente
en estéril caricia
porque tan sólo tú tienes las alas
para el vuelo que mata y da la vida”.
José Luis Sampedro. La vieja sirena
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