(…Y esta vez sí cierra los ojos)

Cierra los ojos para no pensar, para no saber. Cierra los ojos para recordar el vértigo, para sumergirse en él. Cierra los ojos mientras hunde los dedos entre los rizos escarchados de Jaime y bucea en la inmensidad de su voz cuando él murmura suavemente su nombre, Blanca…, y se zambulle en el exceso de su boca para impedir que continúe hablando.
Sí, ella tan razonable, tan deslumbrante, tan inteligente, tan cabal, tan todo eso no quiere pensar y baila en la cuerda floja del amor irracional y el sexo delirante; baila y apuesta su vida al caballo perdedor desafiando la ley de la gravedad y cualquier atisbo de raciocinio —si acaso le restase algo de juicio tras esa noche—; baila y apuesta una vida deliciosa y deseable, una vida aparentemente perfecta, un hombre cariñoso y tranquilo —el hombre a quien un día amó con el mismo delirio y mucha menos inconsciencia— y que hoy la llena de vacíos, un trabajo creativo y bien pagado, capaz de cubrir muchos baches, Bárbara que el otro día pretendía usar maquillaje —¡qué deprisa ha crecido!— y el pequeño Manuel tan dulce todavía…
Porque aunque no quiere pensar, piensa. Y aunque no quiere saber, sabe. Y sabe que no habrá más noches ni más días, sabe que rueda hacia un profundo abismo al que no va a arrastrar ni el más mínimo pedazo de esa vida. Y sabe, porque el tiempo no se detiene jamás, que amontonar instantes es lo único que puede hacer. Segundos eternos que el oscuro y secreto arcón de su memoria atesora avaricioso, con una codicia infinita, ese arcón secreto convertido en usurero de momentos rotos.
Pero todo eso será mañana, cuando el sol eclipse cualquier resto de luna y de noche, cuando su luz estridente borre todo indicio de insensatez, cuando la demencia naufrague en los mares calmos de la cordura. Cuando todo eso ocurra, será otro día.
Mientras tanto, Blanca baila desnuda y atiborra el arcón de equilibrios imposibles.
Reina, 6 de mayo de 2011


