Arcones secretos IV

(…Y esta vez sí cierra los ojos)

Cierra los ojos para no pensar, para no saber. Cierra los ojos para recordar el vértigo, para sumergirse en él. Cierra los ojos mientras hunde los dedos entre los rizos escarchados de Jaime y bucea en la inmensidad de su voz cuando él murmura suavemente su nombre, Blanca…, y se zambulle en el exceso de su boca para impedir que continúe hablando.

Sí, ella tan razonable, tan deslumbrante, tan inteligente, tan cabal, tan todo eso no quiere pensar y baila en la cuerda floja del amor irracional y el sexo delirante; baila y apuesta su vida al caballo perdedor desafiando la ley de la gravedad y cualquier atisbo de raciocinio —si acaso le restase algo de juicio tras esa noche—; baila y apuesta una vida deliciosa y deseable, una vida aparentemente perfecta, un hombre cariñoso y tranquilo —el hombre a quien un día amó con el mismo delirio y mucha menos inconsciencia— y que hoy la llena de vacíos, un trabajo creativo y bien pagado, capaz de cubrir muchos baches, Bárbara que el otro día pretendía usar maquillaje —¡qué deprisa ha crecido!— y el pequeño Manuel tan dulce todavía…

Porque aunque no quiere pensar, piensa. Y aunque no quiere saber, sabe. Y sabe que no habrá más noches ni más días, sabe que rueda hacia un profundo abismo al que no va a arrastrar ni el más mínimo pedazo de esa vida. Y sabe, porque el tiempo no se detiene jamás, que amontonar instantes es lo único que puede hacer. Segundos eternos que el oscuro y secreto arcón de su memoria atesora avaricioso, con una codicia infinita, ese arcón secreto convertido en usurero de momentos rotos.

Pero todo eso será mañana, cuando el sol eclipse cualquier resto de luna y de noche, cuando su luz estridente borre todo indicio de insensatez, cuando la demencia naufrague en los mares calmos de la cordura. Cuando todo eso ocurra, será otro día.

Mientras tanto, Blanca baila desnuda y atiborra el arcón de equilibrios imposibles.

Reina, 6 de mayo de 2011

Arcones secretos III

“She walks in Beauty, like the night
of cloudless climes and starry skies,
and all that’s best of dark and bright
meet in her aspect and her eyes…”

Lord Byron

(…)

Blanca, inconsciente —o no tanto—, dibuja en su piel cada palabra y cada beso, engulle sin medida, talla en su alma cada deseo y cada suspiro, graba en su memoria cada segundo porque sabe que se va a aferrar a esta noche durante miles de otras noches heladas.

Porque Blanca, inconsciente —o no—, intuye que todo es una quimera, un coma de la razón, un segundo efímero, un delicioso delirio que nadie jamás nadie le podrá arrebatar. Y se agarra a sus labios porque sabe que el ascenso, tan dulce, tan vertiginoso y tan sencillo —a pesar de todo, a pesar de todos— ha sido fácil, muy fácil porque subía con él. Porque sabe que la bajada va a ser lenta y árida, el vacío inmenso.  Y se engancha a la locura porque  lo único que quiere oír es el sonido de su piel y su nombre —Jaime— lo único que quiere sentir.

Y le abraza escondiendo la cara entre su cuello y su pelo para aspirar su olor; un olor a madera, a sándalo y limón, esa mezcla de hombre y niño que sabe a verano. Sí, Jaime huele a verano, a fuego y a cuero.

— Me gustas.

Lo dice así, de repente, sonriendo, despacio y en voz baja, separándose lo imprescindible para mirarle a los ojos. Y Jaime, al oír esa frase infantil, enmudece la décima segundo que necesita para responder sin dudar.

— Y tu a mi. Me gustas muchísimo. Me gustas entera y, sobre todo, me gustas cuando me miras así.

— ¿Así cómo?

— Como lo haces ahora, quemando, como sólo tú sabes mirar.

Y Blanca sabe que esa frase, que hoy es su perdición, va a ser la tabla de salvación en sus naufragios. Por eso mastica cada letra y se las traga una a una, por eso y porque es lo único que quiere oír. Y como le da lo mismo hacia dónde se dirigen, con tal de ir con él, ni siquiera pregunta. Camina junto a Jaime, se deja llevar, se abraza a su cintura y sin saber cómo, entre besos incandescentes, llegan a un portal.

— ¿A tu casa? —ríe.

— ¿Tú qué crees? —contesta él, riendo también y buscando las llaves sin soltarla, como si temiera que fuera a escaparse.

Jaime la empuja suavemente dentro del ascensor, pegándose a ella y ese escaso metro cuadrado se convierte en un tumulto de manos y lenguas, de abrazos y susurros, de botones arrancados y ropas enredadas. Y no recuerdan cómo salieron de allí —ni en qué momento— ni cómo entraron en la casa ni cómo fue a parar al suelo la poca ropa que aún llevaban encima; un reguero de prendas que conducía directamente a la cama. Entre ellos todo fluye con una suavidad infinita, todo es fácil en ese mar de sábanas revueltas. Es muy fácil sumergirse en una ola de placer incalculable y no cerrar los ojos. Sin dejar de mirarse, como si intentaran calibrar el momento en que sus cuerpos dejaron de formar parte del mundo para habitar un espacio reservado solamente a los seres que alguna vez han conseguido sentir la inmensidad de sus vidas. Y después, desplomada sobre su pecho, Blanca deja que Jaime salga de ella despacio y esta vez sí cierra los ojos.

Reina, 5 de marzo de 2011

Arcones secretos II

(…)

Palabras abandonadas a su suerte, palabras convertidas en susurros, susurros que se evaporan en sus labios cada vez más próximos, cada vez más húmedos. La mirada de Blanca, enorme, se hace irresistible para Jaime que se zambulle en ella incapaz de pensar en nada más.

— ¿Eres consciente de lo que estamos haciendo? ¿Te das cuenta del lío en que nos vamos a meter?

— ¿Y tú, te das cuenta? —Blanca le mira fijamente— ¿No sabes que en este lío, como tú lo llamas, estamos nadando desde aquella tarde fría en la que temblaron mis manos? ¿No sabes que una noche, cuando todo tu orgullo se diluyó en una copa, te lanzaste como un loco al ojo del huracán?

— ¿Y ahora? —dijo retirándole el mechón que caía sobre su frente, dibujando con el dedo el óvalo de su cara, deteniéndose en sus labios—, ¿qué hacemos ahora con tanto delirio?

Blanca no quiso responder porque en ese momento prefirió cerrar los ojos y dejar de pensar —Dios mío, no; Dios mío, no; Dios mío, no—, abrir la boca y morder su dedo —Dios mío, no— y saborearlo como el más exquisito manjar…

Y cuando volvió a mirarle lo supo sin ninguna duda.

— Bebérnoslo.

Y desapareció todo; la traición, la mentira, el miedo, la culpa…, todo.

Y mientras todo eso se esfumaba el suelo se volvía blando, mórbido, indómito. Y el mundo se tambaleaba cuando sus labios se fundieron en un mar de espuma furiosa e impaciente. Todo se volvía etéreo, inconsistente…, y ese mar salvaje que se abrió bajo sus pies se empeñó después en trepar, encrespado y revuelto, hasta sus ojos, sus manos, sus lenguas exhaustas y sus cuerpos enredados en un abrazo feroz e infinito.

—          ¿Te apetece comer algo?

Blanca le mira desconcertada, intentando sofocar la carcajada que amenaza con salir en estampida.

—       ¿Tú estás de broma? —contesta al tiempo que deja escapar su risa a borbotones.

Claro que quiero comer —piensa sin dejar de reír— a ti. Engullir toda tu carne y devorar toda tu piel hasta el último trocito, hasta el último milímetro, sin dejar ni una migaja en el plato. Eso quiero.

Y no dice nada porque sus ojos lo dicen todo. Porque lo dicen todo los destellos en su pelo, el  brillo de su rostro que parece haberse apoderado de todas las luces del verano de Madrid, porque su piel bronceada y caliente se tensa al sentir el dedo de Jaime que se cuela bajo su blusa rozando suavemente la cima de su pecho. Y le mira como hacía siglos que no miraba a nadie, porque solo le ve a él.

Y Jaime perdido, ahogado en esa mirada y contagiado por su risa apenas logra balbucear:

—     En serio, Blanca, vámonos. No podemos seguir aquí, así.

—    ¿A comer?

—   No puedo contigo, me vacilas, me trastornas –se atasca de nuevo entre carcajadas— a comer, a beber, a fumar…, lo que tú quieras, donde tú quieras. Pero, por favor, ¡vámonos! ¡Me estoy volviendo loco!

—    A comer, a beber, a fumar…, —le susurra ella al oído— lo que tú quieras, donde tú quieras… Invitas tú.

Y ya no hay no; ni Dios mío; ni Dios mío, no. Y ya no hay cordura ni juicio ni conjuras ni infidelidades. Ya no hay miedo ni traiciones ni culpas ni remordimientos. Sólo existe el vértigo, un  abismo blanco cubierto de deseo.

Apuran deprisa sus cervezas, otro cigarrillo mientras pagan; se besan de nuevo como si de verdad estuvieran hambrientos, y devorándose salen a trompicones a la noche sofocante y maravillosa que les abraza cómplice de todas sus fantasías.

Reina, 16 d e febrero de 2011

(…) La historia continua

Arcones secretos

“Y te adoro, te adoro a ojos cerrados
tú mi extravío, tú todo mi vértigo.
En la enciclopedia encrucijada
de tus piernas se pierden sin remedio mis ojos”.

Al mal. Ana Rosetti

Noche de verano. Tórrida. Un aire asfixiante que se puede cortar, húmedo, denso. Una de esas noches de principios de julio que Blanca adora, una de esas noches por las vendería su alma al diablo para que fueran infinitas. Una de esas noches sofocantes y dulces. De esas, sí… Lo que ella ignora, lo que nadie le había advertido es que esa noche la tierra se iba a derretir bajo sus pies y que nunca, nunca en su vida había deseado ni iba a volver a desear la eternidad tan intensamente.

Un bar. Olor a vainilla y canela. Humo. Él. Esperando en la barra, cerveza, vaqueros desgastados, camiseta blanca, las mangas enrolladas sobre los codos, moreno. Música suave, sensual, un piano.

Meses de miradas furtivas y sonrisas cruzadas, clandestinas. Un juego canalla y prohibido. Un juego devastador.

Blanca avanza trémula, tratando de disimular su nerviosismo clavando los tacones en el suelo, sonriendo, inconsciente de la humedad de sus labios y la lumbre de sus ojos. Jaime sí, es consciente de todo ello. Es consciente y siente la descarga abrasadora de esa boca roja que besa su mejilla.

Voluntades quebradas por el deseo. Anhelos rechazando cualquier atisbo de sensatez. Esquivan la realidad con sexo soñado, mecidos entre música y neblina.

Alargando la pasión, desmenuzando secretos, huyendo, volviendo, vibrando.

Hablan para silenciar la culpa, tratando de impedir lo inevitable. Hablan para eternizar lo efímero, tratando de detener el mundo en un segundo interminable.

— Fue una tarde lóbrega y desapacible; yo estaba helada y el corazón me brincó en el pecho al descubrir que el temblor de mis manos no se debía al frío sino al calor de las tuyas cuando se rozaron en esa humeante y ardiente taza de té. Dios mío, no. Dios mío, no. Esto no puede ser. Esto no puede estar pasando. Esto no me puede suceder a mi. Y seguí negándolo al marcharme. Dios mío, no. Y lo negué después, cuando no estabas. Y luego, cuando te volví a ver y me acerqué a ti desencadenando la misma reacción en tu cuerpo  -Dios mío, no, no es cierto- y sonreí. Y no quise pensar en el pánico que me estaba dando todo aquello.

— Fue una noche. Salimos todos, un grupo grande. Te miraba bailar y me entraron una ganas terribles de partirle la cara al tipo que quiso invitarte a una copa porque le gustaba tu sonrisa y tu forma de moverte. Y le hubiera roto la nariz allí mismo porque yo sentía lo mismo y no me atrevía a decírtelo. Y rechazaste su copa y te bebiste mi mirada y me cogiste la mano sin que nadie se diera cuenta y pensé —como un cobarde porque me acojoné— mejor dejar las cosas como están, esto es un lío de puta madre… Pero tú no estabas dispuesta a dejarlo y yo deseaba dejarme arrastrar.

Hablan para sofocar el fuego inextinguible que sus palabras avivaban.

Reina. 13 de febrero.

(…) Continuará