Cuando La Tierra tiembla.

Cuando La Tierra tiembla y el mundo se tambalea, el suelo se quiebra y se abre a los pies de los hombres tragándose todo aquello que han construido –y lo que no–, las aguas rugen furiosas y el viento arrasa con todo lo que encuentra a su paso sin distinciones de ningún tipo, en teoría… Porque en realidad, cuando La Tierra tiembla y el mundo se tambalea, los más desfavorecidos son los que más sufren. Y cuando hace exactamente dos años –el 12 de enero de 2010– la tierra tembló, el suelo se quebró y se abrió a los pies de Haití devastando el pequeño país caribeño. La vida de los haitianos antes de la catástrofe no era nada fácil, pero los que consiguieron sobrevivir al cruel terremoto conocieron el verdadero significado de la palabra destrucción.

Cuando la tierra se tragó al pequeño mundo haitiano también removió, en cierto modo, nuestro lejano y cómodo mundo. Todos –o la mayoría- nos sentimos un poco –o un mucho- Haití, a todos nos conmovió el sufrimiento del pueblo haitiano y nuestro suelo y nuestro corazón también se abrieron. Impresionados por la desolación y el dolor, todos intentamos aportar, ayudar y colaborar en mayor o menor medida. Por un momento, la red también fue Haití. Sin embargo, esa capacidad de reacción, esa generosidad, esa sensibilidad, esas ganas y todos esos buenos sentimientos que nos invaden son tan inmensos como la facilidad que tenemos para olvidar.

Menos mal que siempre hay personas con mucha mejor memoria para recordarnos que tras la destrucción y el sufrimiento de los primeros momentos, la vida sigue y sigue todo el rato, no se detiene. Menos mal que algunas personas que no olvidan nos recuerdan que Haití sigue existiendo y que los haitianos, dos años después del devastador terremoto, continúan reconstruyendo su pequeño mundo y siguen necesitando nuestra ayuda. Y gracias a Solidaridad 2.0, Somos Haití y a la gran labor que vienen realizando, hoy todos podemos seguir siendo Haití.

Si queréis conocer la organización, las actividades y la gran labor solidaria de las personas que forman parte de Somos Haití, pasad por su web, su Twitter (@Somos_Haiti) y su página de Facebook. ¡Vale la pena!

#somosHaiti #terremoto

Cómo hemos cambiado

Hace tiempo, no mucho tiempo, más bien poco, tenía un blog. No este blog, otro distinto, no sé si mejor o peor, sólo distinto —bueno, creo que peor. Venga, vamos a dejarlo en peor.

Sin embargo las suscripciones me llegaban a diario, los seguidores —odiosa palabra, prefiero lectores, amigos…, eso de seguidores no me seduce— eran numerosísimos, los comentarios pasaban de cincuenta y hasta de sesenta, algunas veces tardaba más en contestar a todos que en escribir una entrada nueva. Y escribía peor, mucho peor que ahora, porque el tiempo, la práctica y, sobre todo, las ganas nos hacen mejorar, superar muchas dificultades y aprender.

Pero no he venido a hablar de mi blog, no. He venido hablar de Twitter.

En ese tiempo no tenía perfil en Twitter, es más, ni siquiera sabía que “eso” existía y el tal Facebook no me gustaba. Hoy sigue sin convencerme, pero tampoco he venido a hablar de Facebook.

He venido a hablar sobre el cambio que ha supuesto este medio, Twitter, en nuestra forma de actuar, de leer y de compartir.

Ahora las suscripciones a tu blog, al mío y al de casi todos —digo casi porque las excepciones, como las meigas, existen— son el regalo del día. Igual que los comentarios. Abres tu página, le echas un vistazo y de pronto, ¡ah, el milagro!, ¡tres comentarios!, ¡dios mío, increíble! Y te afanas en contestar. ¡Te hacen ilusión hasta los spam!

Y me pongo a pensar. ¿Qué ha cambiado? Y yo, ¿qué hago, cómo actúo? Pues igual que los demás.

Antes, en ese tiempo no tan lejano, pasaba horas dejando mis impresiones y comentando en los blogs amigos. En cambio, ahora, hago un retuit. Y no sólo eso, ahora espero (esperamos) el correspondiente tuit para leer la actualización de las páginas de mis amigos. ¡Ni readers ni suscripciones ni comentarios ni leches! Para leer esperamos el tuit y hemos convertido el retuit en el mejor de nuestros comentarios.

Y nos hemos adaptado tan bien y tan fácilmente que no reparamos —o sí— en las diferencias, y el RT de hoy nos hace tanta ilusión como el comentario de ayer.

Hemos cambiado, ¿o no?

Reina, 12 de mayo de 2011

Esa red social

Twitter, sí…

Esa red social que -lo crean o no- solo comprenderán cuando estén en ella; no cuando entren no, sino cuando estén.

Hace tiempo les conté mis primeras experiencias tuiteras: cómo empecé, qué sentí, qué me encontré y, lo más importante, a quiénes descubrí: personas. Porque mi forma de entender Twitter es comunicar, comunicar ideas, intereses, sentimientos -¿por qué no?-, noticias, eventos… Lo que cada uno quiera y decida en cada momento. Pero comunicar es también y, sobre todo, escuchar, conversar, intercambiar, compartir. Si no son comunicadores dificílmente van a encontrar sentido a este chisme.

Pero claro, esa red social tan peculiar es también una lanzadera espectacular. El fenómeno Twitter (@pizcos) tiene una rapidez y una capacidad de transmitir impensables hace pocos años. Posibilidades de promoción y publicidad que muchos -empresas, negocios, medios de comunicación, profesionales, políticos, etc- han sabido ver y no todos aprovechar. Pero no es este mi tema, mejor se lo dejo a los conocedores que los hay y muy buenos.

Twitter se consolida, crece, se comenta en periódicos, revistas, radio y ¡oh cielos! en televisión.

Ya está el lío montado: famosos de prestigio, otros de no tanto y famosillos varios se lanzan como locos a crear su cuenta, a verificarla (@Twittboy)  y tuiteando, ¡que es gerundio! y pensando, o no -que también es gerundio, lo de pensar, digo- que esto es el escenario donde todos sus fans (cientos de miles de seguidores instantes después de hacer publi de su cuenta tuitera) les hacen la ola y ell@s siguen siendo l@s div@s, se permiten el lujo de decir todas las gilipolleces que se les ocurren. Pues no, señores, ¡no! Se acaban de olvidar de ese extraño proceso que es la comunicación. Se han olvidado de que en Twitter, además de las miles de personas que les seguirían ciegamente y hasta la muerte, hay más gente. Y esos otros hablan, opinan y lo que dicen -con muchísimo ingenio, en ocasiones- es tan viral y tan importante como las estupideces que estos famosillos propalan como quien no quiere la cosa y claro, se meten en unos charcos de impresión. ¡Vamos que se ahogan en su lodo!

¡Ojo! No estoy generalizando. No voy a citar a nadie, ni para bien ni para mal, pero hay personajes públicos tuiteando de una forma fantástica, a algunos -bueno a tres solamente- los sigo. Ellos y otros, a quienes no sigo pero de vez en cuando leo, han sabido salir bien airosos si en algún momento sus opiniones han suscitado polémica, pues su inteligencia -no su fama; inteligencia y fama no siempre van unidas- les permite cierto tipo de licencias que no aplaudo, pero tampoco critico. Allá cada un@.

Y se olvidan algun@s de est@s señor@s de que todo -a pesar de estar tan de moda eso del “todo gratis”, eso que tanto mal hace y lo digo sin acritud ni segunda intención- tiene un precio: su fama también.

Cuando parte del sustento diario es la fama hay que pensar antes de hablar -para el resto de los mortales es aconsejable, aunque no fundamental. Escribir en ciento cuarenta es jodido. Meter la gamba hasta la ingle es humano, es normal. Pero est@s señor@s que van de dioses y de “sobraos”, que tienen el ego más alto que los catorce “ochomiles” juntos no pueden decir tonterías de semejante calibre: los humanos se equivocan, los dioses no.

Si no son capaces de enfrentar su error dejen de ir de dioses, aprendan a comunicar o cierren sus cuentas de Twitter. Jugar con dos barajas está feo. Borrar tuits no vale, aclarar tal vez… Solo vale pensar antes de derramar sandeces y/o asumir y dar la cara después de haberlo hecho.

Yo también digo tonterías, tremendas y muchas, pero no vivo de ello. A la fama me refiero.

Reina, 2 de febrero de 2011

Vendiendo humo. Desahogo-I

Estaba a punto de terminar de leer los periódicos del domingo. Una amena actividad que además de mantenerme informada sobre los despropósitos de la humanidad en general y de los pobladores de esta mi querida España en particular, implica un magnífico ejercicio de autocontrol y sensatez para evitar salir a la calle y, desaforada, gritar a diestro y siniestro la imbecilidad de políticos, gobernantes, opositores y demás fauna que tantos ríos de tinta hacen desperdiciar cada día y que los ciudadanos contemplamos impasibles y mudos como si la chulería, el oportunismo y la mediocridad que caracteriza -hoy más que nunca- a la clase política de este país fuese lo más normal del mundo.

Quisiera pensar que este escandaloso adocenamiento intelectual en el que nos hallamos se debe más a la profunda tristeza provocada por el desencanto que a la falta de visión y embrutecimiento generalizados. Quisiera pensar…

Pues eso –que se me va la olla– decía que, casi acabada la puesta al día informativa, orgullosa por el triunfo de mi cordura y buenas maneras, un clic distraído sobre un enlace en mi Tuiter me lleva directamente a la imagen que a punto está de desbaratar lo que tanto esfuerzo le costó a mi madre. Esa ministrilla desaliñada, con aires de superioridad y lenguaje montaraz. Esa misma. Y no lo puedo remediar, oigan. Es verla y una ola de irracionalidad me recorre de pies a cabeza. Y me entran unas ganas terribles de encender un cigarrillo y volver a hablar de la nicotina, de las tertulias callejeras donde se fuma con premeditación, alevosía y nocturnidad, de las estufas exteriores, de los dueños de los bares que día a día dicen ver mermada su recaudación, de los chivatos puritanos erigidos en nuevos guardianes del orden público…

Sí, porque en este país donde todo lo arreglamos en corrillos y mentideros, mientras hablamos de humo vamos a ignorar el informe PISA, la incultura, la apatía, el desinterés y el creciente “ninismo” de nuestros niños. ¡Uy!, no sé si niño se ha convertido también en una palabra proscrita en aras de la igualdad que vocea esta y otras señoras (y señores) de la misma índole.

Porque mientras los casi cinco millones de parados -¿o debo decir personas que buscan empleo?- y los otros dieciséis que ya lo tenemos –aunque amenazado por reformas y con salarios mileuristas recortados desde junio– se dediquen a la vigilancia de la deontología anti-fumador o a romperse la crisma porque ahora resulta que la abuela fuma y eso está fatal, van a olvidar que ya no hay cheque bebé, que en febrero se termina la espectacular ayuda de 400 € a los desempleados sin subsidio, de la subida del IVA, la de las tarifas eléctricas, de la inflación que ataca de nuevo…; todo eso, mientras se respira aire puro, pasa a un segundo plano.

Y si por casualidad se nos ocurre recordar alguna de estas banalidades, algún pirata acérrimo defensor de la cultura del “todogratis” –ellos son así porque, no nos engañemos, desconocen completamente lo que cuesta transformar un folio en blanco en un poema, un artículo, una canción, un cuadro, un dibujo o cualquier otro tipo de creación que implique un esfuerzo intelectual o artístico– enarbolará la bandera de los derechos fundamentales, mezclará el culo con las témporas, armará un batiburrillo de mil demonios y nos mantendrán distraídos con la Sinde, la SGAE, los internautas y las descargas una buena temporada.

Pero si todo esto falla, no hay que preocuparse, siempre nos quedará la telemierda –como dice Pérez-Reverte– con buena dosis de polémica servida en bandeja de plata por alguno de los flamantes periodistas que obtienen su título en la Universidad de GH, las versadas e interesantísimas declaraciones de la “princesa del pueblo” o el politono del rey. Por recursos que no sea.

Reina. 17 de enero de 2011